Qué Hacer — El Trípode de la Salud
Después de haber leído todo esto, podrías pensar que lo ideal sería volver a ser un cazador- recolector, salir a cazar guanacos o bisontes y vivir con tu familia libre en la naturaleza. Pero, aunque quisiéramos hacerlo, eso ya no es posible. La población ha crecido tanto que, si todos regresáramos a lo poco que queda de naturaleza para vivir como cazadores- recolectores, extinguiríamos, creo que en apenas una semana, toda la escasa fauna que aún sobrevive en los pocos entornos silvestres que van quedando. Lo que sí podríamos hacer es adaptar a nuestra realidad los elementos fundamentales que definían a un cazador-recolector.
He pasado varios años analizando cómo lograr ese reacomodo de nuestra forma de vida dentro de este entorno tan alterado.
Finalmente, para simplificarlo y hacerlo más didáctico, terminé definiendo el concepto del trípode de la salud, aunque —como explicaré al final— creo que hay que agregar un cuarto soporte a esta mesa para lograr que realmente quede estable. El trípode de la salud. Para abordar el tema de la nutrición, considero útil y claro utilizar la imagen de la pirámide alimenticia. A comienzos de los años 70, en Suecia, se diseñó la versión original de esta pirámide, la cual la mayoría aprendió en la escuela y que presentaba una base amplia compuesta principalmente por harinas y cereales.
Esta estructura respondió, en gran parte, a la escasez alimentaria y el colapso económico producto de la segunda guerra mundial, que obligó a sustituir una parte importante de la dieta con alimentos de bajo costo y fácil producción masiva. Si bien estos productos mitigan el hambre, no necesariamente aportan los nutrientes esenciales que el cuerpo necesita. Desde el punto evolutivo esta pirámide no tiene ninguna lógica. Entonces el Dr.
Loren Cordain, PhD, fisiólogo, buscó en nuestros orígenes evolutivos la alimentación a la que realmente estamos adaptados genéticamente. Esa búsqueda planteó una nueva pirámide alimentaria en cuya base están los vegetales, seguidos después por carnes, luego semillas y aceites vegetales, terminando por especias, y al final un chocolate, una copa de vino o algo socialmente vinculante. Esto último considerando que la salud no es una cuestión de rigidez absoluta, sino de equilibrio. Por eso, si alguna vez una persona querida, como nuestra abuelita, nos ofrece con cariño unas galletas hechas en casa, tenemos que ser flexibles y reconocer el valor del afecto puesto en ese gesto, aceptando el obsequio con gratitud y sin culpa.
Y esto está relacionado con el cuarto soporte de nuestra mesa, de lo que hablaré al final.
Además, a esta pirámide es fundamental añadir otros dos elementos clave que debe considerarse parte esencial de ella: Primero, actividad física diaria y vigorosa. Si estos nutrientes no se emplean por parte del cuerpo en forma adecuada, tampoco logran integrarse ni aportar plenamente a la salud. Y segundo exponer nuestra piel al sol en forma moderada pero que permita una adecuada síntesis de vitamina D. Lógicamente con la precaución de considerar la capacidad de nuestra piel de soportar un exceso de sol.
Pieles muy blancas, las cuales evolucionaron en ambientes de clima más bien nublado o muy lluvioso deberían cuidarse más del Sol, que pieles de colores más oscuros cuya evolución se produjo en puntos de la tierra con mayor irradiación solar. Loren Cordain Y no es necesario ser un cazador recolector para poder disponer de la alimentación de esa época. Si miraras detenidamente en un supermercado podrías obtener gran parte los alimentos necesarios para tener una dieta paleolítica. Ahora revisemos cada escalón de esta pirámide alimenticia propuesta.
Comencemos por la hidratación. Es casi innecesario subrayar la relevancia de mantener el cuerpo bien hidratado, ya que esto permite un correcto funcionamiento renal, favorece la fluidez de los tejidos y garantiza que todos los procesos bioquímicos que dependen del agua se desarrollen adecuadamente.
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Sin embargo, conviene destacar que, con el paso de los años, las personas pueden ir perdiendo la capacidad de percibir la sed, lo que puede llevar a una deshidratación crónica en etapas avanzadas de la vida. Por ello, la ingesta de agua no debería depender únicamente de la sensación de sed, sino establecerse como una rutina consciente, ajustándose según las necesidades físicas, la temperatura y la humedad ambiental. En cuanto al siguiente escalón, los vegetales y las frutas, estos aportan minerales y vitaminas esenciales en nuestra alimentación. Aquí se presenta una paradoja interesante: en tiempos pasados, cuando quienes recolectaban alimentos consumían frutas o verduras, estas provenían de suelos que se mantenían en equilibrio ecológico durante miles de años, conservando así todos sus minerales.
Al consumir estos alimentos, los minerales eran aprovechados y, posteriormente, devueltos al suelo, manteniendo el ciclo natural.
En cambio, hoy en día, la explotación intensiva de los suelos ha reducido significativamente el contenido mineral de los vegetales, lo que hace aún más importante asegurar una ingesta suficiente de verduras en la dieta diaria. Respecto a las vitaminas, es recomendable evitar cocer frutas y verduras, ya que durante la cocción muchas de sus vitaminas se degradan y se pierden. Además, cocinar estos alimentos destruye gran parte de sus fibras, fundamentales para el buen funcionamiento de la flora intestinal y los procesos digestivos. Por ejemplo, el brócoli es un alimento con excelentes propiedades, pero suele consumirse cocido o al dente.
Lo ideal sería comerlo completamente crudo, para aprovechar al máximo sus beneficios.
Además, cocer las frutas tampoco es recomendable, ya que someterlas al calor descompone los carbohidratos complejos en azúcares simples, lo cual puede afectar negativamente la salud. Por esta razón, las compotas de pera o manzana que por costumbre se ofrecen a personas enfermas no son realmente aconsejables. También existe la moda de preparar jugos, como los de zanahoria u otras frutas, considerándolos sumamente beneficiosos para la salud. Sin embargo, al triturar la fruta y descomponerla en partículas muy pequeñas, se pierden fibras y parte de sus propiedades nutricionales.
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Por lo tanto, aunque es preferible beber un jugo natural antes que una bebida gaseosa, lo ideal es consumir la fruta entera, sin transformarla en jugo. También es relevante destacar la función de los antioxidantes presentes en algunos alimentos de este grupo. Se ha establecido que la ingesta diaria recomendada para mantener bajo control los radicales libres es de al menos 20,000 unidades de Oxygen Radical Absorbance Capacity (ORAC). Para más información respecto a las frutas y su contenido de antioxidantes recomiendo visitar este sitio de la Universidad de Chile https://portalantioxidantes.com/ Es importante aclarar que existe un mito sobre las supuestas propiedades antioxidantes del vino tinto.
Si bien es cierto que contiene cierta cantidad de antioxidantes, la cantidad de vino que habría que consumir diariamente para obtener un beneficio significativo nos convertiría en alcohólicos. El alcohol, además, es un producto relativamente reciente en la historia cultural de la humanidad y nuestro organismo no está plenamente adaptado para procesarlo.
De hecho, esto explica la sensación de embriaguez que produce, y resulta difícil imaginar a una persona cazadora-recolectora intentando sobrevivir en un entorno natural hostil sin tener pleno control sobre su mente y su cuerpo. En el siguiente escalón encontramos las proteínas de origen animal. Estas nos proporcionan todos los aminoácidos esenciales que nuestro cuerpo no puede sintetizar y que, en muchos casos, no se encuentran en fuentes vegetales. Además, aportan otras sustancias esenciales para nuestra salud, por lo que su inclusión en la alimentación resulta fundamental.
Es cierto que algunas personas deciden renunciar al consumo de productos animales por razones éticas o humanitarias, lo cual es una actitud admirable, ya que anteponen el bienestar de otros seres vivos a su propia salud.
Sin embargo, existe una solución que permite conciliar estos valores con una nutrición adecuada. Hablamos de un trato humano y respetuoso con los animales, beneficioso para ambas partes, como el que se da en la producción de los llamados huevos de gallina feliz. En este modelo, el ser humano ofrece alimento, cobijo y protección frente a depredadores, y la gallina, en agradecimiento, entrega sus huevos no fertilizados. La albúmina del huevo contiene todos los aminoácidos esenciales, por lo que, si una persona vegana sufre carencias nutricionales, el simple hecho de incorporar huevos a su dieta puede mejorar significativamente su salud.
En el siguiente escalón vemos otros alimentos tiempo porción no hay que consumirlo tanto como los otros pero que contienen elementos claves como son los Ácidos grasos esenciales Después encontramos a las especias, que no solo realzan el sabor de las comidas, sino que también ofrecen múltiples beneficios para la salud. Algunas de las más destacadas son: • Cúrcuma: Posee potentes propiedades antioxidantes y antiinflamatorias. • Jengibre: Mejora la digestión y también puede tener efectos antiinflamatorios. • Canela: Ayuda a regular los niveles de azúcar en sangre, reduce la presión arterial y tiene propiedades antioxidantes.
• Comino: Favorece la digestión, alivia la hinchazón y puede tener propiedades antimicrobianas. • Romero: Rico en antioxidantes, puede contribuir a mejorar la memoria y tiene efectos antiinflamatorios. Y por último, están aquellas cosas que, aunque no aportan beneficios nutricionales —e incluso pueden contener elementos potencialmente dañinos—, cumplen un rol fundamental en lo emocional y social: Las galletas hechas con amor por nuestra abuela, un brindis para celebrar una ocasión especial, o una cerveza compartida con amigos. Estos momentos, más allá de lo estrictamente alimentario, nos ayudan a generar empatía, confianza y una mayor conexión con los demás.
Sin duda, esa compenetración social puede considerarse uno de los objetivos más profundos del arte de vivir.
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Ahora surge una pregunta importante: ¿es conveniente añadir suplementos a esta pirámide alimentaria? Idealmente, si consumimos una dieta rica y variada en minerales, oligoelementos, vitaminas y antioxidantes provenientes directamente de los alimentos, y si además tomamos suficiente sol, no sería necesario suplementar. Pero hay una realidad que se debe asumir. Weston Price realizó un estudio determinando la cantidad de oligo elementos y vitaminas que se consumen hoy en día versus algunas culturas ancestrales.
Acá presento algunas tablas con información proveniente de esos estudios: Además, en la actualidad nos enfrentamos a una verdadera pandemia de hipovitaminosis D, lo cual ha generado gran preocupación en el ámbito médico. En muchos casos, los profesionales de la salud han debido recurrir a administrar dosis elevadas de vitamina D para que el paciente recupere niveles adecuados. Por fortuna, hoy es muy fácil detectar una deficiencia de vitamina D mediante un simple examen de sangre. Solo es necesario solicitar que se incluya este análisis en la orden médica de un chequeo general.
Más allá de la vitamina D, nuestra dieta occidental, rica en alimentos ultraprocesados, vegetales cultivados en suelos empobrecidos y proteínas de menor calidad en comparación con las que consumía un cazador-recolector, puede justificar, por precaución, la suplementación con ciertos micronutrientes. En particular, los antioxidantes pueden ser de gran utilidad debido a sus propiedades antiinflamatorias y a su capacidad de neutralizar radicales libres, los cuales están implicados en el envejecimiento celular y en el desarrollo de múltiples enfermedades. Su suplementación puede provenir de diversas fuentes, como cápsulas de frutos rojos liofilizados o minerales como la zeolita, que incluso ha sido estudiada en contextos terapéuticos como el tratamiento del cáncer. La vitamina C es otro nutriente que nunca estará de más suplementar y que con realmente a lo que se pensaba no presenta dosis máximas tóxicas.
La vitamina K2, como hemos visto, es difícil de encontrar en la alimentación occidental. Si bien una parte puede ser sintetizada por la flora intestinal, el consumo habitual de alimentos ultraprocesados y el uso frecuente de antibióticos pueden dañar significativamente esta microbiota beneficiosa, reduciendo así la producción endógena de esta vitamina. Por lo tanto, su suplementación puede ser recomendable, especialmente en situaciones que requieren reforzar el equilibrio de los procesos de mineralización del organismo, como el crecimiento, el desarrollo infantil, o el tratamiento de enfermedades óseas o de calcificaciones ectópicas. La vitamina K2 no solo favorece una adecuada calcificación ósea, sino que también previene la calcificación de tejidos donde no debería depositarse el calcio, como los vasos sanguíneos, la glándula pineal o los cartílagos de crecimiento en niños en desarrollo.
Son comunes además las carencias de yodo, calcio, hierro, magnesio zinc y vitamina E. También se sugiere suplementar omega 3: EPA (ácido eicosapentaenoico) y DHA (ácido docosahexaenoico) Sin embargo, en términos generales, es importante tener precaución para no sobredosificar vitaminas ni generar interacciones negativas con tratamientos médicos convencionales.
Por ello, la indicación de suplementos debe ser realizada por un profesional de la salud holístico que evalúe de manera integral la situación del paciente y determine la dosis, el tipo y la combinación más adecuada de suplementación para cada caso particular. Actualmente existen los probióticos, que no son en sí suplementos nutricionales, sino más bien herramientas para restaurar una microbiota intestinal benéfica, equilibrada y funcional, a la cual se le reconocen cada vez más propiedades esenciales para la salud. Si bien es posible adquirir probióticos en cualquier farmacia, es importante saber que, para que sean verdaderamente efectivos, deben contener una concentración mínima de 10⁷ unidades formadoras de colonias (UFC) por gramo o mililitro. Otra forma natural de incorporar probióticos es a través de alimentos fermentados, los cuales también podrían incluirse dentro de esta pirámide alimentaria como parte de una dieta que promueva la salud intestinal y general.
Y no olvidar los prebióticos, que son esenciales para que se desarrollen estas bacterias beneficiosas, principalmente fibras de alimentos vegetales. Y no sé si lo notaste… En esta pirámide no hay lácteos. La leche materna entrega a los bebés todo lo que necesitan para vivir, y esto ocurre en todas las especies de mamíferos.
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Sin embargo, los seres humanos somos los únicos que seguimos consumiendo leche en la edad adulta, y más encima lo hacemos desde otra especie animal. La leche de vaca es, en realidad, un producto cultural relativamente reciente, para el cual nuestro organismo no ha tenido tiempo suficiente de adaptación evolutiva. Por esta razón, muchas personas presentan intolerancia a la lactosa o alergia a las proteínas de la leche. Su consumo ha sido promovido principalmente por su supuesto aporte de calcio para la salud ósea.
Y si bien es cierto que la leche contiene calcio, este no se encuentra en forma libre, sino fosfatado, lo que representa un desafío para su adecuada absorción.
En cambio, el calcio presente en muchos vegetales está en forma coloidal y libre, lo que facilita su biodisponibilidad. Semillas como el sésamo o las hojas verdes oscuras como la espinaca son fuentes mucho más eficientes para obtener este mineral. No obstante, ciertos derivados lácteos como el queso de cabra u oveja pueden ser una Asimismo, el yogur natural, especialmente si ha sido fermentado de forma tradicional y sin adición de azúcares, saborizantes ni aditivos químicos— puede ser más saludable que la leche de vaca. La vida sedentaria es, sin duda, uno de los subproductos más dañinos de nuestra civilización moderna.
En tiempos ancestrales, las personas cazadoras-recolectoras recorrían varios kilómetros al día; a menudo necesitaban correr para alcanzar animales durante la caza. Y luego cargarlos de regreso. Quienes recolectaban también caminaban grandes distancias, muchas veces cargando a niñas y niños pequeños, y regresaban con más peso debido a los alimentos obtenidos. La única fuerza de la que se disponía era la proveniente de los propios músculos y ni siquiera se contaba con animales que ayudaran a cargar o trasladar cosas.
En aquel entonces, la actividad física no era una cuestión de elección ni de búsqueda de salud o estética, sino una necesidad fundamental para la supervivencia. Hoy en día, nuestros cuerpos siguen estando diseñados para el movimiento cotidiano. La ausencia de actividad física puede ocasionar problemas de salud, incluso si la alimentación fuera adecuada.
De hecho, se ha planteado que a una persona activa físicamente y con una nutrición imperfecta, le podría ir mejor que a una persona sedentaria, aunque su dieta fuera óptima. Ahora bien, puede que tú nunca hayas hecho ejercicio o no hayas practicado deportes en muchos años y sientas que retomar la actividad física puede ser muy difícil o doloroso. Creo que, primero, hay que eliminar el elemento competitivo de la actividad física. Ciertamente, los deportes intentan demostrar quién es mejor, quién corre más rápido, quién levanta más peso, quién tiene más resistencia.
Eso está bien para quienes tienen ese tipo de metas, pero aquí el objetivo es otro: el objetivo es superarse a uno mismo.
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Por lo tanto, la comparación con los demás hay que dejarla de lado. De esa manera, te liberarás de esa presión tan difícil; por ejemplo, eso que ocurre cuando vas a un gimnasio y ves que los demás levantan enormes pesos y tú apenas puedes con la barra del press de banca. Además, obligarse más allá de los límites que nos impone nuestra biología puede llevarnos a sufrir lesiones que son, finalmente, contraproducentes para nuestras metas. Para incentivarte a hacer ejercicio, te voy a mostrar aquí los beneficios que aporta, los cuales involucran cuatro áreas distintas: 1.
Ejercicios cardiovasculares Ejemplos: correr, nadar, andar en bicicleta, bailar, caminar a paso rápido. Beneficios: 1. Mejora la salud del corazón y la circulación sanguínea. 2.
Disminuye la presión arterial y los niveles de colesterol. 3. Aumenta la capacidad pulmonar. 4.
Favorece el control del peso corporal. 5. Reduce el riesgo de enfermedades crónicas (diabetes tipo 2, hipertensión, enfermedades cardiovasculares). 6.
Mejora el estado de ánimo y reduce la ansiedad y depresión (liberación de endorfinas). 7. Estimula la neurogénesis y protege la función cognitiva. 8.
Mejora la sensibilidad a la insulina. 9. Promueve un mejor descanso nocturno. 10.
Fortalece el sistema inmunológico. 2. Ejercicios de fuerza (resistencia o musculación) Ejemplos: levantar pesas, ejercicios con bandas, calistenia, ejercicios con el propio peso corporal. Beneficios: 1.
Incrementa la masa muscular y la fuerza. 2. Mejora la densidad ósea y previene la osteoporosis. 3.
Aumenta el metabolismo basal (quemas más calorías en reposo). 4. Disminuye la grasa corporal. 5.
Mejora la postura y alivia dolores musculares o articulares. 6. Aumenta la funcionalidad y autonomía, especialmente en personas mayores. 7.
Previene lesiones al fortalecer tendones y ligamentos. 8. Mejora la regulación de la glucosa. 9.
Estimula hormonas anabólicas (como la testosterona y la hormona del crecimiento). 10. Ayuda en la prevención de la sarcopenia (pérdida de masa muscular con la edad).
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Ejercicios de equilibrio Ejemplos: yoga, tai chi, ejercicios sobre una pierna, BOSU, caminata sobre superficies inestables. Beneficios: 1. Previenen caídas y lesiones, especialmente en adultos mayores.
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Mejoran la coordinación y la propiocepción. 3. Aumentan la estabilidad del core (zona media del cuerpo).
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Favorecen una mejor postura. 5. Contribuyen a la conciencia corporal y el control del movimiento.
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Disminuyen el riesgo de esguinces o torceduras. 7. Mejoran el rendimiento en otros deportes y actividades físicas.
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Estimulan el sistema vestibular y la función neuromuscular. 9. Reducen el vértigo y mareo postural.
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Promueven la conexión mente-cuerpo. 4. Ejercicios de elasticidad o flexibilidad Ejemplos: estiramientos, yoga, pilates, elongación asistida.
Beneficios: 1. Aumentan el rango de movimiento articular. 2. Previenen contracturas y lesiones musculares.
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Mejoran la postura corporal. 4. Reducen dolores musculares y articulares.
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Facilitan la ejecución de movimientos cotidianos y deportivos. 6. Aumentan la relajación muscular.
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Favorecen la recuperación post-ejercicio. 8. Disminuyen el estrés físico y emocional.
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Mejoran la circulación sanguínea en tejidos conectivos. 10. Potencian la sensación de bienestar general.
Ahora debo reconocer que, debido a nuestro estilo de vida lleno de obligaciones, trabajo y responsabilidades familiares de todo tipo, queda poco tiempo para hacer actividad física. Esto es algo que me ocurre en lo personal: trabajo con mis pacientes durante todo el día y, al llegar a casa, debo realizar labores familiares y domésticas.
Por lo tanto, tuve que adaptar mi necesidad de mantenerme activo a esta realidad. La primera medida, y la más sencilla, fue simplemente no utilizar automóvil ni transporte público. Me desplazo exclusivamente en bicicleta; de esta forma, el tiempo de traslado obligatorio entre mi casa y la consulta se convirtió en mi espacio de ejercicio, combinando trabajo cardiovascular y de fuerza. Me obligo a hacerlo todos los días del año, por muy cansado que esté.
Al no tener auto, no tengo alternativa: debo montar mi bicicleta y regresar Es como si cada mañana tuviera que salir a mi coto de caza para buscar el sustento de mi familia. En lugar de subir cerros o cruzar llanuras, viajo en mi bicicleta, que por las mañanas puedo decir con certeza que es más rápida que un automóvil en medio del tráfico. Lógicamente, uso todas las medidas de seguridad: casco, guantes, coderas, rodilleras y circulo por ciclovías o calles de bajo tráfico, respetando absolutamente todas las normas de tránsito. MI bicicleta esperándome a los pies del edificio donde atiendo En mi consulta también tengo algunos dispositivos de ejercicio muy sencillos, que cualquiera podría tener en su lugar de trabajo: una mancuerna y un par de barras de piso para hacer burpees.
Las utilizo en mis tiempos libres, incluso cuando estoy usando el mouse, alterno el brazo libre para hacer algunas repeticiones. Mis manillas para burpees y mi mancuerna En casa armé un pequeño gimnasio con una banca, pesas, poleas y elásticos. Y los fines de semana trato de formar grupos de amigos para subir cerros y compartir. Y, bueno, mis vacaciones son expediciones de trekking, que creo que son justo lo contrario a ir a un resort a tumbarse en la playa comiendo y bebiendo todo lo que se cruce por delante.
Vacaciones 2024, expedición a Río Refugio, Parque Nacional Chiloé.
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En tu caso, por ejemplo, podrías comenzar bajando del ascensor un piso antes del tuyo y subir el resto por las escaleras. Con el tiempo, a medida que ganes resistencia, podrías agregar más pisos hasta dejar de usar el ascensor y emplear tu cuerpo para todo el trayecto. Para los ejercicios cardiovasculares, existe una fórmula bastante sencilla conocida como la técnica 20-120. Esta consiste en que, al menos durante 20 minutos al día, es vital que tu corazón alcance un ritmo de 120 pulsaciones por minuto.
Puedes medir tu pulso en la parte interna de la muñeca (lado del pulgar), y también puedes guiarte por el ritmo de la música: 120 bpm (beats por minuto) es el tempo de muchas canciones para bailar, por lo que puede ser una referencia útil. Una persona que no hace mucho ejercicio quizás logre ese ritmo simplemente caminando a paso rápido.
En cambio, alguien con mayor entrenamiento probablemente necesite subir rápido escaleras o correr para alcanzar las 120 pulsaciones. Por eso esta técnica es una excelente forma de calibrar el esfuerzo físico según tus propias capacidades, y asegurarte de que el ejercicio realizado realmente beneficie tu sistema cardiovascular. Trata inteligentemente de ver cómo incorporar diariamente los cuatro elementos de la actividad física en tu vivir. Lo más recomendable, antes de retomar el ejercicio tras un largo período de inactividad, es realizar un buen chequeo médico.
Es importante asegurarse de que tu corazón esté en condiciones de soportar un aumento significativo en la carga. Imagina un día como éste. Despiertas suavemente, sin despertador. Dormiste todo lo que necesitabas y, en ese proceso, pudiste recordar tus sueños, reflexionar sobre ellos y conectarte con ese mundo onírico que, para los antiguos, era un verdadero portal hacia enseñanzas y sabiduría.
(Pero ese tema es para otro libro…) Al abrir los ojos, solo percibes el sonido del viento agitando las hojas de los árboles y el suave canto de las aves. Miras alrededor y todos aún duermen, excepto tu hijo mayor. Sales de la tienda y, a lo lejos, lo ves practicando las técnicas que tú le has enseñado. Ya casi es un hombre y comienza a acompañarte en tus viajes de caza.
Mientras los demás se despiertan, comes algunos frutos y cortes de carne seca que dejaste conservando. Bebes agua fresca y te preparas para salir. Eres un conocedor total y absoluto de tu entorno. Comprendes cabalmente los riesgos del mundo natural y cómo evitarlos, porque estos se han mantenido inalterados durante innumerables generaciones.
Y comienza tu expedición de caza junto a tu hijo, con la infinita alegría de estar con él. Sientes cómo tu cuerpo y tu mente están perfectamente coordinados. Te invade la emoción de seguir un rastro; usas tu intelecto para definir la mejor estrategia, instruyes a tu hijo… Y finalmente, en el momento culminante, tu organismo libera adrenalina para lograr la máxima precisión y rapidez en ese instante crucial. Capturan al animal —usualmente el más débil de la manada.
Lo llevan de regreso al campamento y comienza el ritual: aprovechan minuciosamente cada parte del cuerpo del animal, en respeto y gratitud. Mientras comparten con el resto de la familia la hazaña, resaltan algunas anécdotas graciosas que ocurrieron, y todo se llena de risas.
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No hay cuentas que pagar. No hay noticias alarmantes que llegan por los noticieros. No hay tráfico ni polución. No hay ruidos ensordecedores.
No hay riesgo de ser asaltado, atropellado, ni incertidumbre constante sobre el mañana. Imagina un día como este. Despiertas lentamente, envuelta en el calor de la tienda, sin ningún ruido que te apure, sin alarmas que te arranquen del sueño. Dormiste profundamente, lo suficiente.
Aún puedes recordar lo que soñaste, y sonríes, porque sabes que esos sueños, para tus ancestros, eran mensajes, símbolos, puertas hacia otras realidades. (Pero esa es otra historia para otro libro…) A tu lado, tu hija duerme aún, respirando con tranquilidad. Afuera, el viento juega con las hojas y el canto de las aves anuncia la llegada del sol. Te incorporas despacio y ves cómo el cielo comienza a iluminarse entre los árboles.
Hoy es un buen día para recolectar. Tu hija despierta y, sin necesidad de palabras, ambas saben lo que harán. Comen un poco de fruta seca y beben agua fresca.
Luego se internan en el bosque, ese antiguo templo que conoces como la palma de tu mano. Llevas contigo una pequeña cesta tejida por ti misma. Ella lleva la suya, más pequeña, más nueva, más curiosa. A cada paso, le enseñas.
—Este fruto es ácido, pero ayuda cuando duele la garganta. —Estas hojas puedes frotarlas en la piel si te pica un insecto. —Este hongo no lo toques, pero mira qué forma tan perfecta. —Estas semillas se secan y luego se tuestan. Tu hija escucha con atención. A veces se adelanta emocionada, a veces se detiene contigo, olfatea una flor, toca una corteza, pregunta, ríe. Tú le enseñas no solo a recolectar, sino a ver. A distinguir colores, formas, texturas.
Le enseñas a oler la tierra húmeda y reconocer cuándo un fruto está maduro. Le enseñas a agradecer con respeto antes de tomar algo del bosque. Cada paso que das refuerza el vínculo con tu linaje: tus abuelas también caminaron estos senderos con sus hijas, y ellas con las suyas. Tú no solo alimentas su cuerpo, estás nutriendo su memoria, su espíritu, su rol en el mundo.
Al regresar al campamento, la cesta va llena. Pero más aún, va llena su alma. Al compartir con los demás lo que recolectaron, relatan pequeñas aventuras, se ríen de cómo se mancharon las manos con moras, o de cómo un pájaro casi les roba un fruto. Todo se llena de voces, calor y vida.
No hay supermercado. No hay etiquetas. No hay químicos ni ultraprocesados. No hay relojes que corran.
No hay ansiedad por el tiempo. Solo hay presencia, propósito y conexión. Imagina un día como éste. Aún no ha salido del todo el sol y ya estás despierto, aunque no hay prisa.
Tu cuerpo, sabio y curtido, se mueve con calma. No te levantas de inmediato, escuchas.
Escuchas el viento, los pasos suaves de los que salen a recolectar o cazar, el murmullo del fuego que alguien encendió temprano. Escuchas la vida. Y sonríes, porque sabes que hoy será otro buen día. Ya no necesitas recorrer el bosque ni subir cerros tanto como antes.
Tu cacería ahora es otra: la de la palabra justa, la del silencio oportuno, la de la mirada que orienta. Tu piel lleva las historias del sol, del frío, de los años buenos y los años duros. Tus manos, aunque tiemblen un poco, siguen sabiendo cómo tejer, tallar, curar y preparar. Tu cuerpo aun es vigoroso y sano, pero el rol de tu mente y espíritu ahora son claves para tu comunidad.
Cuando los niños se acercan curiosos, tú les cuentas. Les hablas de los tiempos antiguos, de cómo se aprendió a leer el cielo, de cómo se descubrió la fermentación, de cómo el clan sobrevivió a una gran sequía. Les cuentas con pausa, con cadencia, con sabiduría. Mientras algunos jóvenes salen con arco o canasto, tú te quedas junto a los más pequeños, los que aún no caminan bien.
Los abrazas, los balanceas, les cantas las melodías que tu madre te cantaba a ti, que ella aprendió de su abuela. Canciones que no están escritas en ningún lugar, pero viven en tu voz. Eres una biblioteca viviente. Más tarde, cuando todos regresan al campamento con lo que han recolectado o cazado, tú eres el primero en observar lo que traen.
Reconoces cada planta, cada corte de carne, cada detalle. Y si hay dudas, las resuelves. Si hay heridas, las sanas. Si hay cansancio, tú preparas infusiones.
Eres medicina viva. Y cuando llega la noche, y todos se reúnen en círculo, tú hablas. Transmites la herencia de miles de años de cultura que guardas en tu prodigiosa memoria.
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O a veces no. Porque tu sola presencia ya dice suficiente: que hay continuidad, que hay raíz, que hay sentido. No hay abandono. No hay residencias de ancianos.
No hay invisibilidad. No hay sensación de ser una carga. Hay pertenencia. Hay respeto.
Hay un rol claro y necesario. Hay un lugar sagrado que solo tú puedes ocupar. Imagina un día como éste. La luz entra por la abertura de la tienda, cálida y suave, y tú despiertas sin saber si fue el canto de un ave o la risa de otro niño lo que primero te llamó.
No hay apuro. No hay colegio, ni uniforme, ni tareas que no comprendes. Solo el día por delante, esperando ser explorado. Apenas te incorporas, ya estás corriendo entre las tiendas.
Tus pies descalzos sienten la tierra, el rocío, las piedras. Aprendes con cada paso lo que es blando, lo que pincha, lo que se hunde. A veces tropiezas, te caes… y te levantas. Nadie te reta, nadie te frena.
Todos entienden que así aprendes. Te unes con tu hermano. juegan a ser cazadores, curanderas, recolectores. Uno toma un palo y finge que es una lanza.
Otra imita la voz de su madre enseñando sobre plantas.
Luego trepan a un árbol, intentando ver como lo hacen los adultos. Inventan canciones, palabras secretas, danzas. Todo es juego, pero todo es aprendizaje. A ratos se acercan a los abuelos, los observan tallar, tejer o cocinar.
Se quedan quietos, atentos, como si escucharan con la piel. En otros momentos, los siguen a cierta distancia, mirando cómo recogen frutos, cómo caminan sin romper una rama, cómo se comunican sin hablar. Cada día en el campamento es una escuela sin paredes, sin pupitres, sin horarios, pero llena de sabiduría. La enseñanza ocurre con gestos, con miradas, con silencios.
Aprenden el lenguaje del fuego, del agua, del viento. Aprenden a ser humanos conectados con todo lo que los rodea. Y cuando cae la noche, y todos se reúnen a comer y compartir, los niños se acercan al fuego. Escuchan historias con los ojos muy abiertos, preguntan, se ríen, se asombran.
Y cuando ya están rendidos, se acomodan junto a su madre, su padre, su abuelo o su hermana mayor, y se duermen sintiéndose seguros. Protegidos por la tribu. Sin miedos, sin ansiedades. Sin pantallas.
Sin aislamiento. Solo calor humano. Solo pertenencia. Solo amor.
Y después toda la familia presencia el atardecer, ese cambio de estado lleno de belleza, siendo el momento perfecto para meditar y prepararse para entrar en el mundo de los sueños Pero hoy… el día no se ve así. Hoy no despertamos con el canto de las aves, sino con un pitido artificial, interrumpiendo bruscamente nuestros ciclos de sueño. No despertamos cuando el cuerpo está listo, sino cuando el reloj lo ordena. Saltamos de la cama sin recordar nuestros sueños, sin tiempo para pensar en ellos.
No olemos la tierra ni sentimos el rocío bajo los pies; caminamos sobre baldosas frías, con apuro, mirando pantallas. No vemos a nuestros hijos despertar con calma ni los llevamos a recolectar alimento.
Los dejamos en guarderías o escuelas estandarizadas, muchas veces sin haber compartido palabra ni abrazo. Nos vamos a trabajar en espacios cerrados, sentados por horas, bajo luces artificiales, frente a dispositivos que nos agotan la vista y nos roban la atención. Comemos lo que podemos, no lo que necesitamos. Vivimos bombardeados de información, de noticias alarmantes, de exigencias, de responsabilidades deshumanizadas.
Un tipo de estrés que nuestro cuerpo no está diseñado para tolerar por largos periodos. Nuestro sistema nervioso aún cree que el estrés significa que hay un león frente a nosotros. Pero ese león hoy es el correo electrónico, el tráfico, la deuda, la alarma, la reunión, el juicio social en redes. Ese estrés, que antes era una alarma temporal para sobrevivir, ahora se vuelve constante.
Y la biología reacciona, porque no puede hacer otra cosa: • Se eleva el cortisol. • Se desregulan los ritmos circadianos. • Se altera el sistema inmune. • Se inflama el cuerpo.
• Se enferman nuestros órganos. Y también nuestra boca. Porque el estrés afecta la salud oral de múltiples formas: • Disminuye la salivación, favoreciendo caries y enfermedad periodontal. • Aumenta el bruxismo (rechinar de dientes), causando desgaste y disfunción mandibular.
• Promueve la inflamación de las encías. • Reduce la capacidad de cicatrización. • Agrava condiciones como la periodontitis, la halitosis y la sensibilidad dental. No es casualidad que, en las grandes ciudades, incluso personas jóvenes tengan enfermedad periodontal avanzada.
No es azar. Es consecuencia. Vivimos en un mundo que exige de nosotros un tipo de vida para el cual nuestra biología no evolucionó. Y el precio de esa contradicción lo pagamos con enfermedades… físicas, mentales, emocionales… y sí, también orales.
Me percaté de que, cuando ocurrieron eventos políticos violentos o durante la pandemia, el nivel y la agresividad de las enfermedades orales, infecciones y fracturas dentales aumentaron de forma marcada.
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Entonces decidí buscar al mayor experto en estrés que tuviera a mano. Resultó ser el Dr. Raúl Miserda, psiquiatra. Fui, toqué la puerta de su oficina y le propuse algo inusual: que diseñáramos juntos una técnica de control del estrés.
Quería que fuera una herramienta sencilla, accesible, sin necesidad de asistir a sesiones eternas con un psiquiatra o psicólogo. Una técnica de autoaprendizaje, gratuita y adaptada a la vida real del paciente. No quería que implicara subir un cerro, irse a un retiro espiritual o sentarse en un mat de yoga. Quería algo efectivo, eficiente y aplicable en el momento en que realmente se necesita.
Pensé que me diría que no. Que sentiría que le estaba quitando potenciales pacientes. Pero, para mi sorpresa, lo tomó como un desafío. Y juntos desarrollamos una técnica de control del estrés pensada para la vida cotidiana.