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Capitulo 2 4,901 palabras · 20 min de lectura

Evolución Cultural vs Natural

antes. También se percató de que la humanidad, cuando vivía en la naturaleza, mantenía una envidiable salud oral. Este libro es la continuación de ese viaje. Un intento por tender un puente entre el pasado y el presente.

Entre la ciencia y la sabiduría ancestral. Entre la naturaleza que nos creó y la tecnología que nos desafía. Es, en el fondo, una invitación a volver al origen. Dr.

Joaquín Ipinza Hofmann Durante millones de años, las especies han evolucionado y se han adaptado a su entorno natural y a los seres vivos que las rodean; es decir, a animales, vegetales, bacterias, virus, condiciones climáticas, recursos hídricos, temperatura ambiental, vientos y muchos otros factores. El ser humano se originó a partir de especies de primates en las sabanas africanas y, tras varios procesos adaptativos y evolutivos, comenzó a desarrollar algo inédito en la evolución: la capacidad de comunicarse en forma compleja a través del lenguaje. Se ha teorizado que esta capacidad de comunicación fue lo que desencadenó el gran desarrollo intelectual del Homo sapiens. Esta gran capacidad intelectual le permitió una adaptabilidad nunca vista hasta ese momento en el mundo natural, lo que facilitó su migración a diversos ecosistemas.

Así, abandonó las sabanas africanas y colonizó entornos como la tundra, los hielos, las selvas, los desiertos, las costas y las montañas, cubriendo gran parte del planeta gracias a su capacidad cultural de adaptación.

Sin embargo, este fue un proceso lento. La adaptación se conseguía tras un aprendizaje gradual sobre cómo relacionarse con los nuevos ecosistemas: conocer las fuentes de recursos, cómo obtenerlos, alimentarse en cada entorno, vestirse, abrigarse y proteger a los niños, estos últimos extremadamente frágiles en comparación con las crías de otras especies. Por ello, cuando un grupo se establecía en una ecorregión, creaba una relación íntima y culturalmente adaptada con ella. En términos generales, estas diversas culturas primigenias lograban conectar con sus diversos entornos mediante un sistema bastante similar entre ellas, con varios puntos en común: 1.

Eran grupos pequeños de cazadores-recolectores nómadas. Su reducido tamaño les permitía sobrevivir en entornos con recursos limitados. La población se mantenía a raya debido a que la baja ingesta de carbohidratos calóricos disminuía la ovulación en la mujer, ya que este proceso requiere un mínimo de calorías para generarse. En el fondo es un sistema de autopreservación: el cuerpo de la mujer, cuando detectaba una tasa calórica alta, interpretaba que el entorno prodigaba suficiente alimento como para poder tener un hijo y alimentarlo bien en sus primeros años.

Por otro lado, los bebés, al no tener dientes y no existir alimentos procesados blandos, debían recibir lactancia materna hasta al menos contar con la dentición temporal. Esta lactancia prolongada creaba una demanda calórica adicional a la madre que le impedía tener otro hijo en ese largo período. Todo esto llevaba a que la tasa de nacimientos promedio estimada por pareja en aquellos tiempos era de 2.1 hijos, lo que permitía mantener una población estable que no desbordara las capacidades del ecosistema para mantenerlos. 2.

El sistema funcionaba así: se establecían en un lugar con suficiente caza y vegetación para recolectar. Montaban un campamento donde, por lo general, los hombres salían a cazar, mientras las mujeres recolectaban y cuidaban a los niños, en una relación complementaria y mutuamente necesaria. 3. Cuando los recursos del entorno empezaban a escasear, es decir, cuando había que adentrarse más lejos para cazar o recolectar, el grupo desmontaba el campamento y viajaba a un nuevo lugar, evitando agotar por completo la zona explotada.

  1. Repetían el proceso en el nuevo sitio y, tras un tiempo, partían nuevamente, regresando eventualmente al punto inicial, donde encontraban el área regenerada y llena de vida.

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En resumen, éramos nómadas dentro de un mismo circuito en una misma ecorregión, lo que facilitaba transmitir el conocimiento a los hijos sobre cómo sobrevivir en un territorio ya dominado por generaciones. Adentrarse en una ecorregión distinta implicaba riesgos, como no reconocer el comportamiento de animales peligrosos o ingerir hongos o frutos tóxicos al no reconocerlos. Un ejemplo claro son los selk´nam, cazadores-recolectores de la Isla Grande de Tierra del Fuego, que temían al mar, mientras que sus vecinos yaganes se desenvolvían con destreza en él, navegando entre las islas del archipiélago del Cabo de Hornos en sus canoas de madera, pero rara vez se adentraban en tierra firme. Esta gran adaptación llevaba aparejada una serie de beneficios.

Primero, no había grandes sorpresas. Un cazador-recolector sabía perfectamente cómo enfrentar o evadir a depredadores de riesgo, tenía un sentido de orientación perfectamente adaptado a la complejidad geográfica del entorno. Existía una adaptación inmunológica a los diferentes patógenos presentes en su ecorregión. Esto último simplificaba el sistema inmune, puesto que rara vez debía enfrentarse a alguna especie desconocida de virus, por ejemplo.

Los tiempos de ocio respecto a los tiempos de trabajo estaban mucho mejor equilibrados que hoy en día. Una presa de caza de un tamaño suficiente bastaba para alimentar al grupo por un tiempo considerable, destinando el tiempo libre a crear herramientas, relacionarse con los niños, educarlos, contar historias y disfrutar la vida.

Por otro lado, se comenzaba a establecer una relación casi espiritual con la geografía y seres vivos circundantes. El acto de cazar se realizaba con un gran respeto por el animal que iba a servir de alimento. No se dependía de cultivos, los cuales requieren mucho trabajo y cuidado para que den sus frutos, y esto tenía un beneficio adicional importantísimo: los ecosistemas en esa época eran vitaminas y nutrientes en general. Por otro lado, los animales de caza también se alimentaban de pastos y vegetales frescos, lo cual, como veremos más adelante, es una de las claves por las cuales la carne de caza de la antigüedad era mucho más saludable que la que consumimos actualmente.

Circuito de Nomadismo Me parece muy importante en este momento aclarar un par de errados mitos que existen respecto a nuestros antepasados. Usualmente se atribuye a ellos una esperanza de vida corta. Suponemos que esa vida llena de riesgos, sin las comodidades que nos da la civilización y la medicina moderna, no permitía que muchos de ellos llegaran a una edad avanzada. Es una pregunta que yo también me hice cuando estaba buscando respuestas.

Hasta que logré encontrar un importante trabajo científico escrito por Gurven et al. y publicado en 2007. En ese trabajo se hizo una revisión sistemática de la evidencia científica que estudió la esperanza de vida de diversas culturas a lo largo de la historia de la humanidad, expresando los resultados en un sorprendente gráfico que muestra las curvas de edad de muerte en cada una de ellas. Este evidenciaba que la esperanza de vida del cazador-recolector antiguo era solo menor que la población estadounidense actual, pero lograban esto sin médicos, sin medicamentos, sin antibióticos, sin ginecólogos, sin obstetras, ni clínicas ni hospitales.

Me pregunto cómo cambiaría ese gráfico si le quitamos todas esas cosas a esta población estadounidense.

Lo que sí mostraba este gráfico es que la mortalidad infantil era mayor en los pueblos antiguos pero que, una vez que un individuo lograba superar los 10 años de vida, era muy probable que llegara a ser un anciano de 70 años o más. Algunas observaciones de los primeros europeos que conocieron a los pueblos australes chilenos describían cómo los mayores contaban con una soberbia vitalidad. Subían y bajaban cerros a la par de los jóvenes. Este mito creo que está reforzado por la idea de que en la antigüedad las personas morían jóvenes, lo cual es cierto, pero ello se convirtió en realidad desde que la humanidad se tornó sedentaria y dependiente de la ganadería y los cultivos.

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Además, como se ha descrito por ejemplo por parte de Martín Gusinde, no existían grandes rencillas entre los diferentes grupos, por tanto, las guerras, que son un importante elemento que afecta negativamente la esperanza de vida, prácticamente no existían en la época del cazador-recolector. Y también es momento de desentrañar un segundo gran mito: la imagen que ha creado el hombre civilizado sobre nuestros ancestros como seres intelectualmente limitados, violentos, rudos o de lenguaje pobre. La realidad es que la evidencia muestra exactamente lo contrario. De acuerdo a Marta Lahr, investigadora de la Universidad de Cambridge, el tamaño del cerebro de un cazador-recolector era un 20% más grande que el del hombre moderno.

Otro autor confirmó que esa disminución de tamaño es simplemente por atrofia funcional. Es decir, hoy en día usamos menos nuestros cerebros que en la antigüedad. Tú, que estás leyendo estas líneas, pensarás: si es eso cierto ¿cómo se ha logrado tantos avances científicos? ¿Cómo pudieron existir un Einstein o un Nikola Tesla?

La verdad es que todos esos adelantos han sido logrados por un porcentaje muy pequeño de la población, mientras que la gran mayoría tiene cada vez más dificultades para comprender incluso un sencillo libro como este. Se suele afirmar que, en promedio, las personas solo utilizan alrededor del 30% de su capacidad cerebral.

Sin embargo, es importante comprender que cada órgano, tanto en especies animales como vegetales, evoluciona en función de las demandas funcionales necesarias para la supervivencia. Martín Gusinde Un águila, por ejemplo, no hubiera desarrollado alas de más de un metro de envergadura si no las necesitara para volar, según sus exigencias evolutivas. Del mismo modo, es razonable pensar que el ser humano, a lo largo de su historia, ha desarrollado y utilizado el 100% de su capacidad intelectual porque las circunstancias así lo exigieron para garantizar su supervivencia. Pero ¿en qué empleaban esa capacidad nuestros antepasados?

No resolvían complejas ecuaciones matemáticas ni afrontaban las torcidas tramas de las telenovelas modernas. En la antigüedad, cada integrante de un grupo de cazadores-recolectores almacenaba en su memoria toda la tradición, mitologías y cultura, ya que esta se transmitía oralmente y no había forma de registrar nada por escrito.

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Además, debía conocer absolutamente todo acerca de su entorno, que no era nada sencillo: una geografía compleja y sinuosa, muy diferente a la actual, donde la mayoría de las calles son cuadrículas y resulta fácil desorientarse en lugares que no siguen ese patrón. En contraste, hoy en día la mayoría de las personas se desenvuelven en un entorno que no comprenden del todo. Yo, mientras escribo estas reflexiones en mi computador, soy totalmente ignorante de lo que sucede en el interior de esos circuitos electrónicos y códigos algorítmicos después de presionar cada tecla. La computación es un avance tecnológico enorme, pero una persona común está lejos de entender cómo funciona realmente en su interior.

Francisco Varela Otro síntoma del deterioro intelectual es la pérdida del lenguaje. Francisco Varela y Humberto Maturana, neurocientíficos chilenos, en su libro El árbol del Conocimiento atribuyeron al lenguaje gran parte del estímulo para que nuestro cerebro se desarrollara y nos convirtiera en Homo sapiens sapiens. Hoy existen estudios que muestran que un habitante promedio maneja alrededor de 2.500 palabras. Una persona muy educada con cierto nivel académico puede llegar a manejar 8.000 palabras.

Un yagán, canoero del archipiélago de Cabo de Hornos, manejaba entre 35.000 a 50.000 palabras, tal como lo documentó Thomas Bridges, el primer europeo que se asentó en esos lugares. ……………………………………………………………………………………………………………Thomas Bridges Por consecuencia teníamos un intelecto superior. Pero ¿en qué lo usábamos? Sospecho que en niveles que ahora nos son incomprensibles y que pudieran tener que ver con una vida espiritual absolutamente vinculada al mundo intelectual.

Martín Gusinde describió cómo las familias yaganes, prácticamente a diario, ejecutaban un rito. Se sentaban dentro de una vivienda, con los cuerpos totalmente inmóviles, apoyados en la pared y mirando con los ojos entrecerrados al frente y abajo, por un tiempo que podía rondar una hora.

¿Qué hacían? Es una posición y actitud muy parecida a la que hoy adoptan quienes intentan meditar u orar al tratar de conectarse con ese nirvana o estado superior de conciencia. Esa actividad no era reservada sólo a ciertas personas con mayor nivel espiritual o especialmente iluminadas. TODOS lo practicaban.

Ilustración que representa las observaciones de Martín Gusinde del rito yagan de la meditación. Otra luz acerca de nuestro deterioro intelectual la dio otro investigador de Stanford, el Dr. Gerald Crabtree, PHD. Él sugiere que, si trajésemos al tiempo presente a cualquier y ordinario habitante de la antigua Atenas, se convertiría al instante en una de las personas más brillantes del mundo.

Es decir, nos hemos convertido en águilas que dejaron de volar. Este deterioro también se ha expresado a nivel de nuestra condición física. En promedio, ha habido una disminución de la estatura del ser humano respecto al cazador-recolector. Al depender su supervivencia solamente de lo que lograban hacer con sus cuerpos, éstos eran sometidos a un riguroso ejercicio físico durante todos los días de su vida, lo que fomentaba el desarrollo de cuerpos esbeltos, bien formados y atléticos.

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Por lo tanto, no existía obesidad ni todas sus consecuencias para la salud, lo cual también era favorecido por una alimentación libre de carbohidratos procesados. La alimentación era casi únicamente a base de carnes de animales de caza y vegetales frescos. Claramente, el cambio más profundo que ha tenido la humanidad desde sus inicios fue el paso del Paleolítico al Neolítico; es decir, desde el cazador-recolector a la humanidad sedentaria y dependiente de los cultivos y la ganadería. A continuación, intentaré hacer un resumen de cómo este drástico cambio en nuestro estilo de vida generó un gran daño a nuestra salud, incluida la de nuestros dientes, encías y maxilares.

Los cultivos: En algún momento, los humanos comenzaron a avivar sus fogatas con unos pastos secos que crecían alrededor. Al colocarlos en las llamas, las semillas que contenían se cocían y descubrieron que se podían comer y que quitaban el hambre. Así fueron lentamente aprendiendo que, si enterraban esas semillas en el suelo, al volver tiempo después podían encontrar mucho más de esos pastos. Y con el tiempo, tuvieron tanta disponibilidad de ese alimento que quitaba el hambre (pero que no nutría) que decidieron quedarse solamente en un lugar para poder cultivarlo en grandes cantidades y así no tener que recolectar ni viajar.

Ese pasto finalmente se trataba de una gramínea llamada trigo, y se convirtió en la principal Primero, reducía drásticamente la variedad de vegetales consumidos y, por consiguiente, la variedad de vitaminas y minerales que se obtenían de ellos. Segundo, comenzó el concepto de la posesión de la tierra. Antiguamente, el humano pertenecía a la tierra, interactuando con ella con respeto y cuidado; pero con los cultivos, la tierra se convirtió en una posesión, lo que posteriormente generó la lucha entre diferentes grupos por poseerla, situación que queda elegantemente ejemplificada en la Biblia, donde se describe cómo Caín mató a Abel.

Esta alimentación basada en carbohidratos de alta tasa calórica permitía que las mujeres ovularan mucho más, lo cual aumentó exponencialmente la población. Esto generó una presión alimentaria enorme que obligó a fomentar la producción de cultivos y a defenderlos de otros grupos humanos. Finalmente, esto desencadenó la aparición de organizaciones jerarquizadas, ejércitos y, en última instancia, civilizaciones complejas. Esto llevó al inicio de los grandes padecimientos de la humanidad: las guerras, los robos, la envidia, la esclavitud, e incluso el hambre, cuando estos cultivos de los que dependían no podían superar cambios climáticos o sequías.

Por otro lado, estos cultivos iban extrayendo los minerales de la tierra, de modo que, con el tiempo, estos minerales se agotaban, siendo las siguientes generaciones de cosechas mucho más pobres en nutrientes que al comienzo. Hay un estudio que se realizó en Estados Unidos que descubrió que, para obtener los mismos minerales que contenía una lechuga de hace 60 años, ahora deberíamos comer tres veces más, debido a que el agricultor abona el suelo para tener lindas lechugas, pero no para alimentar de minerales a los humanos. Este proceso se replicó de manera similar en otros lugares del planeta, ya fuera a través del cultivo de otros cereales como el arroz o el maíz, y siempre desencadenando el mismo patrón de degradación física, intelectual y cultural. Así, en los distintos rincones del mundo, tras este cambio, surgieron culturas dirigidas por personas que se atribuían poderes divinos, con la consiguiente aparición de la esclavitud, las guerras y todos los males previamente mencionados.

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Por otro lado, el hecho de consumir alimentos basados en cereales ha tenido un impacto significativo en nuestra salud, adaptada evolutivamente para consumir vegetales frescos y animales de caza exclusivamente. El trigo, por ejemplo, contiene gluten, con péptidos particularmente alergénicos para las personas. El organismo reconoce estas sustancias como tóxicas y genera una respuesta inmune, lo que puede traducirse en daños en la capacidad de absorción intestinal e incluso provocar celiaquía, es decir, intolerancia total al gluten. Esto no solo puede generar problemas directamente vinculados al gluten, sino que, al dañarse las vellosidades intestinales, la absorción de nutrientes se vuelve mucho menos eficiente, lo que puede derivar en enfermedades secundarias debidas a deficiencias nutricionales.

A esto se suma que algunos de estos péptidos del gluten son similares a ciertas porciones del tejido conectivo humano dando lugar a un fenómeno llamado mimetismo molecular. Así, la reacción inmune desencadenada contra el gluten puede confundir al sistema inmunológico haciendo que también ataque tejidos propios, dando origen a enfermedades autoinmunes que antes no existían. Boyd Eaton, un investigador pionero, publicó hace años un trabajo donde acuñó el término Enfermedades de la Civilización, refiriéndose a que muchas patologías frecuentes hoy en día eran desconocidas en la antigüedad. Entre ellas figuran enfermedades autoinmunes y muchos tipos de cáncer, cuya aparición es relativamente reciente en la historia de la humanidad.

La ganadería: En ella ocurrió algo parecido. ¿Para qué salir a cazar animales y seguir sus rutas migratorias si era posible capturarlos, reproducirlos y mantenerlos confinados en ciertos territorios? Este sistema se complementó perfectamente con la idea de la posesión de la tierra, ya que el entorno natural comenzó a dividirse en parcelas con propietarios, quienes a su vez podían tener sus propios animales. Durante este proceso, los animales, que antes se trataban con respeto, pasaron a ser considerados simples posesiones, sometidas a la voluntad y decisiones de las personas.

Sin embargo, esta transición también demandó que las personas asumieran nuevos roles, como el del pastor. En épocas anteriores, cazar un animal implicaba matarlo rápidamente con una lanza o un garrote; después, la pieza era troceada en el sitio o llevada al campamento, y cuando llegaba, ya llevaba un tiempo muerta, por lo que los virus que albergaba ya no representaban un peligro, pues no sobrevivían mucho fuera del organismo vivo. En la naturaleza, los virus tienden a proliferar y mutar sobre todo cuando hay grandes concentraciones de individuos, como sucede en las manadas de animales migratorios. Pero las comunidades humanas de cazadores-recolectores solían ser pequeñas, sociables pero dispersas, y solo se reunían con otros grupos en ocasiones especiales como ceremonias de iniciación, rituales chamánicos o festividades grupales.

Esta configuración demográfica limitaba enormemente la propagación y evolución de los virus, a diferencia de lo que ocurría entre los animales cazados. El surgimiento del pastoreo cambió radicalmente este equilibrio. Ahora, las personas debían convivir estrechamente y, muchas veces, incluso dormir junto a su ganado para cuidarlo, alimentarlo y protegerlo de depredadores. Esta convivencia permitió que los virus presentes en los animales, hasta entonces aislados de la especie humana, encontraran nuevas oportunidades para saltar de una especie a otra.

Así aparecieron enfermedades antes desconocidas para nuestra especie, como la viruela, el sarampión, la rubéola y muchas más, que comenzaron a afectar a las poblaciones humanas a partir de ese momento de la historia.

Sin embargo, nuestro sistema inmunológico nunca estuvo verdaderamente preparado para este nuevo escenario. Durante milenios, se había adaptado a los microbios presentes en cada ecosistema, pero el cambio que supuso la domesticación de animales y la vida en comunidades numerosas fue tan repentino que aún no hemos logrado evolucionar al ritmo de estos desafíos. Así se originan las pandemias, que han causado consecuencias devastadoras para la salud colectiva. Desde la infancia, nos enfrentamos a virus que antes eran desconocidos para la humanidad, dando lugar a enfermedades que en el pasado ni siquiera existían.

En épocas antiguas, no era común experimentar resfriados frecuentes o influenza. ¿Quién hoy puede afirmar que nunca ha sufrido una gripe fuerte o un resfriado intenso? Esta constante exposición sobrecarga y altera nuestro sistema inmunológico, lo que puede tener repercusiones a largo plazo. Llevamos miles de años luchando contra virus y enfermedades que antiguamente no nos afectaban.

Un ejemplo dramático de esto lo vimos cuando los primeros europeos, portadores de múltiples virus, entraron en contacto con poblaciones humanas aisladas en regiones como la Patagonia. Estas comunidades, al carecer de defensas contra esos nuevos patógenos, sufrieron pérdidas catastróficas, llegando a morir miles de personas. Nuestra mente: Además, todos estos cambios también comenzaron a generar alteraciones en nuestra forma de pensar y comportarnos. El estrés, originalmente, es un mecanismo adaptativo que nos permite defendernos y protegernos ante una amenaza física, por ejemplo, el ataque de un oso pardo.

En esas situaciones, el cuerpo libera adrenalina, se dilatan las pupilas para mejorar la visión, aumenta la tonicidad muscular para tener fuerza, y se eleva tanto el ritmo cardíaco como la frecuencia respiratoria para enviar más sangre oxigenada a los músculos y así poder huir con mayor rapidez.

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Sin embargo, una vez superada la situación, se recuperaba la calma y la persona podía reflexionar sobre el evento, aprendiendo cómo evitarlo en el futuro. Hoy en día, desde el momento en que despertamos con el sonido de un despertador, nos enfrentamos a múltiples situaciones estresantes: cumplir horarios, lidiar con el tráfico, y afrontar un trabajo cargado de exigencias. Es como si, a lo largo de la jornada, nos enfrentáramos a un oso tras otro, sin descanso, lo que desborda nuestra capacidad de adaptación y transforma el estrés en distrés, con serias repercusiones físicas e inmunológicas. Desmond Morris, en su célebre libro El mono desnudo, expone cómo los primates que permanecen confinados en zoológicos pueden desarrollar conductas antisociales o violentas, similares a las que presentan las personas que viven encerradas en entornos urbanos.

Desmond Morris Medioambiente: Otra gran diferencia respecto al mundo de los cazadores-recolectores es la exposición a compuestos químicos y minerales con los que nuestra especie evolucionó para interactuar. Hoy en día, extraemos y manipulamos minerales como mercurio, plomo y muchos otros elementos que anteriormente permanecían confinados en las rocas, además de convivir con plásticos, polución atmosférica y sustancias artificiales para las cuales nuestro cuerpo no está preparado. Todo esto ha llevado a un nivel de intoxicación subclínica que, aunque inicialmente leve, al acumularse con los años y sumarse a distintas fuentes, puede contribuir de manera significativa al deterioro de nuestra salud.

Por otro lado, comenzamos a construir viviendas cada vez más cómodas y espaciosas, lo que llevó a pasar más tiempo bajo techo. El aumento en la densidad de población hizo que fuera necesario cubrirse con ropas no solo por protección, sino también por pudor y como símbolo de estatus. Esto redujo significativamente nuestra exposición a la luz solar, provocando una drástica disminución en la síntesis de vitamina D, un elemento crucial para la salud ósea y el buen funcionamiento del sistema inmunológico. En resumen, el paso del Paleolítico al Neolítico nos trajo una serie de trastornos: • Menor esperanza de vida.

• Peor nutrición, hipovitaminosis crónica. • Deterioro sicológico y de relaciones humanas. • Reducción de la talla corporal. • Nuevas enfermedades.

• Intoxicación. Entonces podríamos concluir que gran parte de nuestras enfermedades actuales tienen su origen en el alejamiento del entorno natural y la adaptación a una vida cada vez más artificial. Nuestra especie evolucionó durante miles de años en estrecha relación con la naturaleza, lo cual moldeó tanto nuestra biología como nuestra salud.

Sin embargo, en menos de 10,000 años, la acelerada evolución cultural nos ha llevado a transformar radicalmente nuestro entorno, superando con creces la capacidad adaptativa de nuestra biología. Este desequilibrio entre un organismo diseñado para la naturaleza, enfrentado a un ambiente artificial en constante cambio genera lo que denominamos Disfunciones Medioambientales, responsables, entre otros factores, de la aparición de muchas enfermedades que eran inexistentes o muy poco frecuentes en la antigüedad. Este grupo de afecciones producto del quiebre evolutivo, se pueden denominar con toda propiedad como Enfermedades de la Civilización. Según la evidencia disponible, las enfermedades dentales forman parte importante de este conjunto de padecimientos.

Comprender este contexto es esencial para abordar la salud bucal desde una perspectiva integral, considerando tanto los factores biológicos como los cambios culturales que han impactado nuestra evolución. Y haciendo otra analogía con la Biblia, antes éramos Adanes y Evas, viviendo libremente de lo que nos otorgaba el paraíso, casi desnudos, hasta que comimos la manzana del árbol del conocimiento. ¿Y cuál fue ese conocimiento? Aprendimos a explotar la tierra y esclavizar a los animales, por tanto, fuimos expulsados de este paraíso por siempre.

¿Y qué pasó con nuestros dientes? Entonces, es bastante obvio y lógico que todas estas alteraciones deberían manifestarse en nuestra salud bucal, la cual también podría considerarse como un reflejo de nuestra salud general. Antiguamente no existían prácticamente las caries o en una proporción extremadamente baja respecto a los tiempos modernos. Es fácil entender por qué: no se consumían azúcares para que las bacterias cariogénicas se desarrollen.

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Por otro lado, el hecho de consumir alimentos cocidos y molidos genera una pasta que tiende a adherirse a las piezas dentarias, manteniendo estos nutrientes a mano para estas bacterias por largo tiempo, dando la oportunidad de que vayan generando ácidos que, a la postre, van deshaciendo el esmalte, originando las conocidas y temidas caries. Pero en el caso de la enfermedad periodontal (o de encías) el escenario es más complejo de explicar, puesto que se trata de una enfermedad con un gran componente autoinmune, como lo veremos en detalle más adelante en otro capítulo de este libro. Por ello no basta con consumir alimentos azucarados; debe haber un desequilibrio más radical entre el sistema inmune y la flora bacteriana. En mi tesis de magíster demostré que en la antigüedad no se padecían mayormente estas enfermedades periodontales o de encías que actualmente son muy frecuentes y que van causando la pérdida de los dientes por aflojamiento e incluso de los implantes dentales.

La única manera de comprender esta mejor salud de encías es considerando que existía una relación más armónica con el entorno, gracias a una alimentación más saludable, un sistema inmune más equilibrado y una menor agresión inmunológica derivada de una menor carga viral y de alimentos alergenos.

Sin embargo, también observé que, aun así, existían problemas dentales originados por el uso de los dientes como herramientas. En consecuencia, las personas prehistóricas sufrían un desgaste notable en sus piezas dentales, lo cual, sin duda, en ocasiones se convertía en un problema importante. Por último, como veremos más adelante, el consumo de vegetales y otros alimentos cocidos y molidos, junto con el uso de utensilios de cocina y métodos de cocción más intensos para carnes y vegetales, redujo la exigencia muscular en nuestros maxilares, volviéndolos más pequeños y débiles. Esto favoreció la aparición de apiñamientos y alteraciones maxilares.

Reflexión final de este capítulo: En la actualidad, seguimos experimentando cambios drásticos en nuestro entorno, por lo que resulta previsible un aumento en las disfunciones medioambientales. La tecnología, aunque ha representado un avance importante para la humanidad, también introduce nuevas transformaciones, para las cuales nuestra biología no está adaptada evolutivamente: la exposición a radiaciones, el uso prolongado de pantallas, la luz artificial que altera nuestros ritmos día-noche, la emergencia de virus pandémicos cada vez más frecuentes, el consumo de fármacos y alimentos ultraprocesados o cultivados de forma artificial, así como el incremento del estrés debido a la sobreinformación que nos llega constantemente sobre los sucesos mundiales. Todo ello nos obliga a reflexionar sobre cómo afrontar de manera consciente e inteligente este gran desafío evolutivo. Como se ha analizado, gran parte de los padecimientos actuales de la humanidad son de origen artificial, consecuencia de nuestra cultura y no de nuestra evolución biológica.

Por eso, nuestra biología carece de las herramientas evolutivas necesarias para enfrentarlos adecuadamente. Surgió así la necesidad de desarrollar disciplinas igualmente artificiales que permitieran abordar estos problemas. Las ciencias médicas, por ejemplo, se basan en procedimientos y medicamentos que antiguamente no eran requeridos, como lo evidencia el trabajo de Gurven et al.

La odontología es otra disciplina creada para atender afecciones producidas por estilos de vida modernos, y estos tratamientos, al ser artificiales, pueden conllevar efectos secundarios no previstos en una biología evolucionada de manera natural. Por tanto, es responsabilidad de los profesionales de la salud, apoyadas en la ciencia, buscar la manera de minimizar al máximo las externalidades negativas de los tratamientos modernos, comprendiendo siempre el verdadero origen de estas afecciones y cuidando el equilibrio natural de la biología humana. En este sentido, la odontología actual puede considerarse una disciplina necesaria para abordar problemas que son, en buena medida, consecuencia directa de la vida moderna y de la civilización. Si bien muchos de los tratamientos dentales surgieron para resolver dolores, ausencias dentales e infecciones de manera efectiva, rara vez se concibieron desde una visión integral de la biología humana y, en muchos casos, sin reconocer su carácter artificial frente a nuestra naturaleza evolutiva.

En los siguientes capítulos veremos cómo la nueva Odontología Biológica, Evolutiva u Holística se está haciendo cargo de este desafío, y cómo esas claves también aplican para la salud de todo tu cuerpo.