Palabras del Autor
“Joaquín, la evolución biológica es lenta. Toma cientos de miles de años. En cambio, la evolución cultural es vertiginosa. En apenas unos pocos milenios hemos transformado todo nuestro entorno. Pero nuestro cuerpo, nuestra biología, no alcanzó a adaptarse a este nuevo mundo que hemos construido.”
Antes de hablar de salud, permíteme contarte una historia. Una historia que comienza en un rincón del planeta que muchos apenas ubican en el mapa: Chile. Un país angosto, largo, colgado al borde del continente sudamericano, casi rozando la Antártida. Quizás por eso, por haber nacido y crecido en este extremo del mundo, me fue posible ver las cosas desde una perspectiva única Mientras el hemisferio norte vivía guerras, aceleraba la industrialización, contaminaba y convertía el conocimiento en mercancía, acá en este confín aún podíamos observar la vida con cierta pureza, sin tantos sesgos.
Rodeado de una naturaleza aún prístina, de rincones que probablemente jamás han sido pisados por el ser humano, crecí con una conexión íntima con la tierra, los Andes, los bosques y el mar. Desde joven comencé a explorar ese mundo salvaje. Caminé los senderos de las Torres del Paine, navegué los canales australes, recorrí la indómita costa oeste de Chiloé (a la que aún regreso cada vez que puedo) y me perdí entre los bosques primigenios del sur de Chile. Fue ahí, entre árboles milenarios y el silencio del viento, donde empecé a sentir que la verdadera esencia del ser humano no estaba en las ciudades ni en los hospitales, sino en esa comunión olvidada con la tierra.
Esa experiencia me conmovió tan profundamente que decidí expresarla a través de la música, una de mis grandes pasiones. Comencé a componer discos inspirados en estas vivencias, tratando de traducir en sonidos todo aquello que la naturaleza me hacía sentir. Y entonces sucedió algo inesperado: en la búsqueda de comprender esas emociones, me encontré con las culturas ancestrales que habían habitado estos paisajes mucho antes que yo. Para construir mi segundo disco, al que llamé Australis, durante más de un año me sumergí en el estudio de los pueblos originarios más australes del planeta: los Kawésqar, los Selk’nam, los Yámanas y los Haush.
Quería rendirles un homenaje digno, pero descubrí que eran ellos quienes nos estaban rindiendo un homenaje a nosotros. Una lección de vida. Vivían en paz, sin guerras, sin odio, con una sabiduría ancestral tan profunda como las raíces de los árboles que los rodeaban. Estudiando las obras del antropólogo Martín Gusinde, me encontré con un detalle que me detuvo en seco.
En sus libros, documentó no solo sus costumbres, su espiritualidad o sus rituales, sino también su sorprendente salud oral. Sí. Tenían bocas sanas, sin caries, sin enfermedad periodontal. Dientes perfectamente alineados, como si hubieran sido sometidos al mejor tratamiento de ortodoncia.
Eso, para mí, dentista formado en la universidad más prestigiosa de Chile, con grandes profesores y una sólida base científica, fue una verdadera revelación. Había aprendido odontología desde la ortodoxia académica más rigurosa. Mis maestros eran respetados y transmitían su conocimiento con seguridad. Yo mismo ejercía como dentista tradicional.
Pero, aún en medio de esa excelencia académica, algo no terminaba de encajar dentro de mí. Una pequeña voz interna me había susurrado, desde que comencé mi vida profesional, que algo no estaba del todo bien. Y con este sorpresivo hallazgo, todo ello explotó. ¿Cómo podían gozar de una salud oral perfecta sin cepillos, sin dentífrico, sin clínicas ni dentistas, sin sellantes, sin flúor?
¿Cómo es posible que ahora casi todo el mundo tenga caries o enfermedades de encías, que casi todos los niños necesiten tratamientos de ortodoncia? ¡Eso no es normal! Se supone que nacimos para vivir sanos, no condenados a tener enfermedades. Si estás con la está un Y entonces lo recordé.
Una vez, mi padre, el —un reconocido sociobiólogo, gran maestro, investigador y un sabio Ahí comprendí algo fundamental: las enfermedades de la boca no son naturales. Son el reflejo de un desajuste entre nuestro estilo de vida moderno y nuestro diseño evolutivo.
Con esa idea encendida, comencé una búsqueda frenética de respuestas. Y fue así como encontré el Departamento de Antropología Dental de la Universidad de Adelaida, en Australia. Ellos amablemente me enviaron varios artículos científicos realizados por el Dr. Nigel Clarke, quien realizó un trabajo monumental: recorrió museos de cinco continentes registrando la salud oral de la humanidad prehistórica, y determinó que éramos sanos.
Sección 1
Lamentablemente, esos trabajos fueron publicados en revistas de antropología, no de odontología, por lo tanto, los dentistas nunca se enteraron de esos hallazgos. Esos estudios confirmaban lo que las culturas ancestrales ya sabían: que la boca puede ser sana, verdaderamente sana, si volvemos a vivir en armonía con nuestra biología. Presenté esta investigación como trabajo de ingreso a la exigente Sociedad de Periodoncia de Chile, lo que me ayudó posteriormente integrar el grupo de investigación del premiado científico Prof. Dr.
Néstor López.
Es decir, al parecer yo no estaba tan loco en mis deducciones. Posteriormente, yo, en mi tesis de magíster, realicé en Chile un estudio similar en pueblos cazadores-recolectores de miles de años de antigüedad, y el resultado fue el mismo. Incluso descubrí que personas mayores aún podían mantener su salud. Poco después tuve otro afortunado descubrimiento.
En una época en la que me dedicaba a enseñar a mis colegas a trabajar sobre implantes dentales, tuve un alumno que inmediatamente me llamó la atención por su nivel de conocimientos en los temas que yo creía eran creencias sólo mías.
Se trataba del Dr. Augusto Cura, un destacado dentista biológico chileno. Ahí caí en cuenta de que existía todo un movimiento científico en el mundo que había llegado a conclusiones similares a las mías, en buena parte basándose en un gran científico llamado Weston Price, quien realizó un recorrido similar al que yo hice, pero muchos años